miércoles, 20 de agosto de 2014

La historia de una chica cualquiera

Queridos Suistas, ¡Cuánto tiempo!
Tras un largo silencio, he decidido retomar el blog. Os traigo una historia. Una en la que miles de mujeres en el mundo se ven implicadas a diario en los países desarrollados. Todos sabéis que la influencia de la moda nos ha absorbido el cerebro machacando, a veces, el sentido común y la coherencia. Por esto, he creído necesario compartir mi experiencia,  no por ganas de airearla, sino porque creo que es realmente necesario, y como buena Suista, digo lo que pienso y actúo en consecuencia. Y aclaro previamente,  decir lo que uno piensa implica hablar sobre uno mismo o sobre experiencias vitales, no decir a otra persona qué tiene que hacer ni cómo debe vivir su vida.  Nunca he sufrido sobrepeso. Pero cuando llegó la adolescencia, a eso de los 11 años, comencé una obsesión que me perseguiría de por vida, la obsesión con mi cuerpo. Mi primera estrategia para perder peso consistió en aprender a prepararme la cena. De este modo podía engañar a mi madre sobre lo que había comido. No me fue suficiente, así que mi siguiente paso fue en el colegio. Yo comía en el colegio, y este, no llevaba un seguimiento de los alumnos. Elegía días, en los que me escondía en el patio y no entraba al comedor, así de “fácil” dejaba de comer sin ser atrapada. Como muchas niñas, a los 12 comencé el estirón. Me mataba de hambre cuando nadie me echaba cuentas, y cuando estaba en presencia de alguien de mi familia que pudiera alarmarse, comía. El verano que iba a cumplir 13, fui a un campamento de verano. Allí las monitoras se dieron cuenta de que no estaba bien, y hablaron con mi madre. Medía 1,65, pesaba 46 kg, y me seguía viendo gorda. Mi madre me amenazó con llevarme al hospital, poco después  visité una psicóloga. Continué creciendo hasta alcanzar mi estatura actual, 1,68. Mi peso se estableció en unos 50 kg, pero yo seguía descontenta con mi cuerpo.  Tenía un miedo atroz a engordar, y aunque incluso comía con gula delante de la gente, me saltaba comidas y me martirizaba mentalmente después de una comida copiosa, calculando cuantas comidas tendría que dejar de hacer para reparar el exceso. Esto, lo he seguido haciendo durante muchos años, comer delante de otras personas de forma más “libre” y fustigarme después preparando días de inanición programada. Todos los días, como desayunaba sola, me iba sin probar bocado. En el instituto, a no ser que me muriese de hambre, no compraba ningún bocadillo. Las cenas en mi casa siempre han sido informales, cada uno preparaba lo suyo, esto me daba la oportunidad de no cenar con excusas, o mentir. Ya con 14 estaba un poco más repuesta, conocí a alguien y me centré en esa persona, dejando de lado la obsesión con mi cuerpo. Engordé hasta pesar 60 kg, me quería “morir”. Me insultaba mentalmente por mi “falta de control”. Mi táctica fue hacer una sola comida diaria. Bajé a 55kg, pero me seguía sintiendo gorda.  Con el paso de los años estuve variando mi peso entre los 56 kg y los 62 kg. Ya tenía 20 años y estaba cansada de no poder comer como una persona “normal”. Traté de comer como todo el mundo, lo que me llevó a los 65 kg. Me puse sería y supe que era el momento de descartar cosas de mi alimentación para siempre. Ya tenía 22 y estaba a punto de independizarme. Lo primero en caer, las bebidas azucaradas, después, los dulces (aunque no los comía a menudo) eliminé galletas y magdalenas, y es algo que como muy rara vez. No solía tampoco comer postres, así que de casi nunca pasó a muy rara vez. Me independicé y mi peso permanecía en los 58 kg. A los 23 era realmente consciente de que no estaba gorda, pero seguía teniendo un miedo atroz a engordar, así que lo de no hacer todas las comidas seguía igual. A los 25 conocí a alguien y vivimos juntos durante un año. Como no estaba bien, y a mi pareja le encantaban los fritos, engordé y alcancé el peso máximo que he tenido en toda mi vida: 73 kg. Con mi acumulación en pecho y barriga, (mantengo siempre las piernas delgadas), tenía más de una 115 de pecho. En esa época mi mejor amiga también vivía con su pareja y también aumentó de peso. Cómo ella se fue a otra ciudad, llevábamos tiempo sin vernos. Cuando le abrí la puerta lo primero que me dijo fue: “Coño que pedazo de tetas”,  a lo que yo respondí: “Sí, no me veo ni los pies con este par de melones”. Lo recuerdo con una sonrisa en los labios, porque mi amiga no quería ofenderme, era un comentario sincero, sin dobleces y nada ofensivo, y resalto esto en negrita porque lo que me ha animado a contar esto es algo que me ha pasado recientemente con respecto a comentarios gratuitos no bien intencionados. Un poco después las dos cortamos con nuestras parejas, y mientras tanto adelgazábamos porque la tristeza es lo que tiene, que al menos a mí me quita el hambre. Estaba amargada con mi cuerpo. Durante los meses que tuve ese peso no quería ni mirarme al espejo. A los 27 alcancé los 57kg, y ahí comenzó mi reflexión.  Me comencé a plantear seriamente el porqué de tanto rechazo hacia mi cuerpo. Siempre he defendido que la mujer es hermosa y da igual el peso que tenga. Conocía a chicas, amigas mías, que me parecían preciosas en su talla, fuese la que fuese. Entonces, -¿qué me pasaba?- que no tenía autoestima, cero patatero, nada de nada. Estaba sufriendo un fuerte cambio en mi concepción del mundo. Conocí a la mujer de mi vida, alguien que me acompaña por la vida, y me hace inmensamente feliz. Además, una gran espina que yo tenía era la de no saber a lo que dedicarme, pasando por estudios diversos en los que fracasé y que además no me llenaban. Esto se solucionó, y dentro de un par de cursos termino Filología Hispánica, cosa que me hace muy feliz, y de paso, me ha servido para valorarme más a mí misma. La necesidad de ser “perfecta” para con los cánones de belleza actual se iba diluyendo poco a poco en mi cabeza. Aun así, y aunque ya no me odiaba tanto, tome varias decisiones más sobre mi alimentación. Me pasé a la leche semidesnatada, el Cola Cao dejó paso al café sin azúcar, el azúcar dejó paso al edulcorante. El consumo de pan pasó a ser algo ocasional. Las mayonesas pasaron a ser un capricho (no, no tomaba de eso todos los días, pero sí con algo más de frecuencia que actualmente). Las salsas de nata pasaron a ser salsas con leche semidesnatada.  Claro que, ya con 32, hay que cuidarse más. El “amigo” metabolismo dice que me joda, que las calorías se las queda él, que ya lo he matado de hambre mucho tiempo. He vuelto a coger peso, llevo unos dos años aproximadamente. Mi peso actual es de unos 68 kg. Sí, quiero bajar de peso, pero sin hacer locuras. Lo cierto es, que no desayuno la mayoría de las mañanas, algún día me salto una cena. Pero esta vez me miro al espejo desnuda y pienso: “Coño, estoy buena”. Tengo claro que si quiero pesar 60 kg, cosa que actualmente me parece que está bien teniendo en cuenta que tengo una estructura corporal media y mido 1,68, tengo que vivir el resto de mi vida a dieta. Y también tengo claro, que mis ganas de pesar 60 kg no tienen nada que ver con que pesar 68 me suponga ningún problema para mi salud, ya que entro médicamente dentro del peso recomendado para mi estructura corporal. O sea que, según la medicina actual NO TENGO SOBREPESO. Si quiero adelgazar es exclusivamente por esta obsesión que me ha acompañado toda la vida, y que al menos ahora, es un poco más razonable.

Hace unos días, me pasó algo que ha motivado escribir esto. Algo que a todas nos ha pasado.  Me hicieron ese tipo de comentario, que realmente es muy maleducado, pero que es tan frecuente en bocas ligeras: ¡Estás más gorda, eh! –Ja, ja, ja… mira que bien. Llevo dos años con el mismo peso, 68 kg, y cada vez que me ven, me recuerdan, vaya a ser que no me haya percatado, de que estoy más gorda. Pero lo apoteósico vino después, cuando me comunicaron que es una preocupación siendo tan joven que me pase esto.  A lo que yo respondo, para su horror, que yo no comparto ese ideal de belleza, que hace mucho tiempo que ya no siento que deba estar en los huesos, y que sí, es cierto que no estoy como antes, pero que no me veo gorda. A lo que me responden, que me ponga a dieta. A lo que respondo, que no me da la gana. ¡¡Pero que dieta ni que cojones, si excepto en mi infancia, he estado toda mi vida a dieta!! Y más que a dieta, jugando con mi salud. Esta clase de comentarios, no benefician a nadie. Soy una chica normal, mi historia no es una historia de problemas de salud por el sobrepeso. Sólo la historia de una chica obsesionada con estar delgada, que ya ha dicho basta. La realidad es la siguiente: si quiero adelgazar, debo pasar hambre. Si quiero adelgazar, no es una dieta de unos meses, es una dieta de por vida. Si has llegado hasta el final, has podido leer mi evolución. No abuso de la comida. No me alimento de forma desmedida. La única recomendación lógica es, que si hago deporte, aparte de fortalecer, habrá pérdida de peso. Pero todo sería por una cuestión meramente estética y no médica. Ya está bien de dejar que la moda actual nos vuelva retrasados mentales.  Ya está bien de comentarios estúpidos de personas adultas, personas que pueden hacer mucho daño a chicas adolescentes y a jóvenes. Ya está bien. 

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